UN VIAJE FUGAZ Y PASIONAL

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi,

cruzo la desmedida realidad

de febrero por verte,

el mundo transitorio que me ofrece

un asiento de atrás,

su refugiada bóveda de sueños,

luces intermitentes como conversaciones,

letreros encendidos en la brisa,

que no son el destino,

pero que están escritos encima de nosotros.

Ya sé que tus palabras no tendrán

ese tono lujoso, que los aires

inquietos de tu pelo

guardarán la nostalgia artificial

del sótano sin luz donde me esperas,

y que, por fin, mañana

al despertarte,

entre olvidos a medias y detalles

sacados de contexto,

tendrás piedad o miedo de ti misma,

vergüenza o dignidad, incertidumbre

y acaso el lujurioso malestar,

el golpe que nos dejan

las historias contadas una noche de insomnio.

Pero también sabemos que sería

peor y más costoso

llevárselas a casa, no esconder su cadáver

en el humo de un bar.

Yo vengo sin idiomas desde mi soledad,

y sin idiomas voy hacia la tuya.

No hay nada que decir,

pero supongo

que hablaremos desnudos sobre esto,

algo después, quitándole importancia,

avivando los ritmos del pasado,

las cosas que están lejos

y que ya no nos duelen.

Luis García Montero, Diario cómplice, 1987.

Un viaje es siempre un transcurrir desde algo conocido hacia algo desconocido, quizás en busca de algún tesoro en algún otro lugar. Así también se podría definir la vida como un andar desde el pasado, de donde provenimos, hacia un futuro incierto, misterioso, lleno de intrigas y grises. Un viaje puede llegar a ser un ámbito donde tomar conciencia de la fugacidad del tiempo debido a los cambios de escenarios que se dan continuamente. Un viaje puede convertirse en un lugar propicio de introspección para ahondar en el interior en busca de recuerdos, sueños y, tal vez, pasiones.

Fue ese diálogo interno, conversacional, en un viaje en taxi que disparó al yo lírico del poema de Luis García Montero titulado “Diario cómplice”, que nos habla de una experiencia íntima de pareja a través de un tono profundo y confesional. Con un estilo contemporáneo de poesía libre, nos invita a reflexionar sobre la aceptación de la fugacidad y la complicidad en una relación amorosa que se mantiene al margen de lo tradicional y las expectativas sociales. En un recorrido en taxi, el hablante lírico va explorando la imagen del encuentro con la persona amada como un bálsamo frente a la soledad individual, pero a su vez, asumiendo la transitoriedad de dicha relación.

La estructura irregular de los versos simboliza quizás la no rutina, con sus vaivenes, idas y venidas, caminos largos y breves hacia un mañana incierto. Sus versos dejan entrever la libertad, sin estructuras, sin métricas, sin medidas preestablecidas, haciendo que el lector sienta las emociones del dejarse llevar por las sensaciones intensas de un amor sin ataduras. El uso frecuente de encabalgamientos como “el mundo transitorio que me ofrece / un asiento de atrás” que sumerge al lector en esa situación de espectador del mundo y rompe con la organización misma de las frases para inspirar un misterio momentáneo revelado en el verso siguiente. El tono es íntimo y profundo, pero a la vez superfluo con imágenes del mundo como las luces, los letreros, la brisa, deslizando por momentos con una rima suave, interna, casi efímera, llena de emotividad y expresión.

El hablante es un “yo” que se dirige a un tú, “amor”, como mostrando ese diálogo de amantes que, con gestos y palabras dichas y no dichas, con cuerpos que hablan, se entienden. Ese hablante lírico que se expresa a través de “cojo un taxi / cruzo la desmedida realidad” va en busca del diálogo mediante alguna reflexión como “ya sé que tus palabras no tendrán / ese tono lujoso”. Esas dos personas que hablan sin idiomas, culminan en un “nosotros”, haciendo realidad el vínculo que permanece en la intimidad, del cual la complicidad es la mejor aliada. Esa relación secreta de reglas claras, queda manifiesta en “también sabemos que sería / peor y más costoso / llevárselas a casa” en relación con las historias compartidas.

A medida que avanza el poema, ese viaje que comienza en los primeros versos va tornándose en una reflexión profunda sobre el vínculo de la pareja, que se mantiene como abriendo un paréntesis al tiempo y cerrándolo, en un escape compartido de un mundo de relaciones contractuales, tal vez de conveniencia y tradición. Pero lo interesante es el proceso, el andar en ese taxi donde el movimiento, el hastío o lo momentáneo se pone de relieve a través de la “desmedida realidad”, el “mundo transitorio” y las “luces intermitentes”, volcando la idea de que la vida real es una travesía alienante. También, las imágenes de soledad y silencio de los protagonistas a través de expresiones como “sótano sin luz”, “olvidos a medias” o “no hay nada que decir”. Además, cantan presente los paralelismos entre ambos, como bailando a la par entre un venir “sin idioma” y un ir, “mi soledad” y “la tuya”.

El poeta sumerge al lector en una perfecta integración entre forma y contenido, expresada en tono conversacional, con recorridos por la transitoriedad y la soledad, donde un “nosotros” sale a rebelarse del mundo, pero con la complicidad de tener la necesidad de “no esconder su cadáver / en el humo de un bar” marcando constantemente esa tensión entre el deseo y la realidad inevitable y exponiendo, a viva voz, la naturaleza agridulce y liberadora de la fugacidad.

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